Enoc, hijo de Jarid, nieto de Mahalel, desde los tiempos de la madrasa fue llamado Idris, por su dedicación constante al estudio de los libros sagrados, aquellos que Allah reveló a Adam, y aquellos otros que Gabriel trajo desde el cielo.
Tal virtud y piedad alcanzó que Allah lo ungió como su profeta, y lo envió a predicar a los descendientes de Caín. Enoc los exhortaba de forma incesante a purificar su conducta, y por este motivo fue muchas veces obligado a sacar su espada en defensa de su vida, siendo así el primero en luchar por Allah. También fue el primero en inventar la balanza para evitar el engaño en el comercio, y en coser telas, y en escribir con un cálamo.
De él cuentan esta historia, tan antigua ya que solo se escucha entre los murmullos de las hojas al viento.
Idris anhelaba ardientemente el Paraíso, y sin embargo, no deseaba la muerte, ya que consideraba que su misión en la tierra no había concluido, pues, a pesar de sus rezos y de su espada, los hijos de Caín seguían llenando de sangre la tierra. Así fue que Allah le envió al Ángel de la Muerte, en forma de hermosa virgen, para ver si era merecedor del peculiar favor que pedía, y que ningún hombre hasta ese momento había recibido.
«Venid conmigo», le ruega el ángel disfrazado a Idris, «y podrás hacer un trabajo que será del agrado de Allah. Mi hermana menor ha sido llevada por un impío descendiente de Caín, que la ha confinado en las más lejanas regiones del Oeste. ¡Toma tu espada y ayúdame a liberarla!»
Enoc al momento se ciñe la espada y sigue a la virgen, desde la mañana al atardecer, a través de desolados desiertos, pero sin pronunciar ninguna palabra ni dirigir su mirada a la muchacha. A la caída de la noche, ella levanta una tienda e Idris se tumba a su entrada para dormir sobre la tierra. Ella lo invita a compartir la tienda, pero él solo contesta, «si tenéis algo de comer, dádmelo». Ella señala entonces una oveja que anda perdida por el desierto sin su pastor, pero él replica, «prefiero el hambre a robar; la oveja pertenece a otro».
Al amanecer continúan el viaje, y al igual que el día anterior, Idris sigue a la virgen sin la más mínima queja, aunque está cercano a desfallecer de hambre y sed. Cuando atardece encuentran una botella de agua en el suelo. La virgen la toma, y abriéndola se la ofrece a Enoc, pero él rehúsa arguyendo, «algún viajero sin suerte la ha perdido, y volverá a buscarla».
A la caída de la noche, Idris rechaza de nuevo las invitaciones de la virgen a compartir la tienda, y entonces Allah hace surgir un manantial de agua fresca que brota a sus pies, y un árbol de dátiles con una escalera para alcanzar sus frutos. Idris llama a la virgen, invitándola a comer y a beber. Pero cuando después de un rato no viene, se dirige a la entrada de la tienda y pregunta «¿quién sois vos, singular dama? En estos dos días no habéis probado alimento y ni siquiera ahora lo deseáis, aunque Allah mismo nos ha bendecido milagrosamente con dátiles y agua pura; y aun así se os ve fresca, y la tez con el color de las rosas en primavera y vuestra forma está redondeada como la luna en su noche número quince.»
«Soy el Ángel de la Muerte,» replica, «enviado por Allah para probaros. Lo has conseguido; ahora aquello que pidas se cumplirá».
«Si eres el Ángel de la Muerte, toma mi alma».
«La muerte es desagradable, ¿por qué deseas morir?»
«Rezaré a Allah para que, después del terror de la tumba, vuelva a animar mi ser una vez más, y así podré servirle con mayor celo»
«¿Deseas, pues, morir dos veces? Tu tiempo no ha llegado aún, pero reza a Allah y yo ejecutaré su voluntad».
Y Enoc reza: «Señor, permite al Ángel que me deje probar el sabor de la muerte, ¡pero vuelve a llamarme pronto a la vida! ¿Lo haréis vos, todopoderoso y lleno de gracia?»
Se le ordena entonces al Ángel de la Muerte que tome el alma de Idris, pero solo durante un instante, tras el cual le será devuelta. Al momento el ángel retira la vida de Idris, y entonces, éste le pide que le muestre el Infierno en primer lugar. El ángel le dirige el descenso entre profundas dunas y cuevas hasta dar con Malik, su cuidador, quien lo agarra dispuesto a arrojarlo al abismo cuando una voz del cielo exclama, «¡Malik, tened cuidado! No hagáis daño a mi profeta Idris, pero enseñadle los terrores de vuestro reino».
En ese momento le coloca en el muro que separa el infierno del lugar designado como la morada de los que no han merecido ni el infierno ni el cielo. Desde allí es que ve toda la variedad de escorpiones y reptiles venenosos, vastas llamas de fuego, monstruosos calderos con agua hirviendo, árboles de frutas espinosas, ríos de sangre y putrefacción, tras lo cual ruega a Malik que lo vuelva a dejar a cargo del Ángel de la Muerte.
De vuelta a la tenue luz del valle, ahora Idris insta al ángel a que le muestre también el Paraíso. Este le asciende hasta la lejana puerta ante la cual Ridwhan mantiene su vigilancia. Pero el guardián no le deja entrar. Entonces Allah ordena a Tuba, el árbol que se planta en medio del jardín, y se sabe que es, después de Sirdrat Almuntaha, el árbol más hermoso y más alto del Paraíso, que doble sus ramas por encima del muro. Inadvertido por Ridwhan, Idris se monta a horcajadas sobre ellas, y es izado lo suficiente para contemplar en su interior una edificación de cristal rodeada de un círculo de luz.
Desde ella surge la voz de Allah pura y blanca como la nieve: “Hijo del hombre, ya no te abandonaré. Proclamo sobre ti la paz, en nombre del mundo por venir, porque desde aquí ha provenido la paz desde la creación del mundo y así la paz estará sobre ti para siempre”.
Lleno por completo de agradecimiento, como en el sueño de un sueño, es bajado por las ramas de Tuba, y guiado por el ángel, abandona el Paraíso. De vuelta al pequeño oasis, cruza su última mirada de gratitud hacia el Ángel de la Muerte, que le devuelve la vida, desapareciendo.
Enoc abandona allí su espada para, con las manos vacías, retomar el camino a la ciudad dispuesto a emprender su nueva vida.
04/07/2013.
NOTAS
Este relato surge a partir de ejercicios de transferencias, concretamente como práctica en el análisis alegórico. Tras algunas elaboraciones post transferenciales quedó poco más o menos como está ahora. Quien conozca estos trabajos con alegorías, argumentos, etc., no tendrá mayor dificultad en reconocer imágenes, climas, resistencias, y otros elementos habituales. Pero no entraré en estos detalles. Solo anotaré algunos puntos que pudieran ser de interés.
La historia está basada en el Libro de Enoc, y se refiere a uno de los más antiguos personajes, anterior al diluvio, de las tradiciones judía, cristiana y musulmana. El libro esta compilado a partir de textos en hebreo y arameo de diferentes antigüedades, comprendidas entre el año 250 y el 60 antes de nuestra era, en Palestina. Forma parte del canon de la Biblia de la Iglesia ortodoxa etíope, pero no es canónico para el resto de iglesias.
Creí ver en el trasfondo del relato elementos de interés originados en un pasado lejano, que hoy yace aplastado por admoniciones contra el pecado y una obsesión algo enfermiza por el castigo. Así que he utilizado la versión del relato de la tradición musulmana por ser más claro, y en concreto la que aparece en el libro “The Bible, the Koran, and the Talmud. Biblical Legends of the Mussulmans”, por Dr. G. Weil, de 1863.
Hubo que arreglar también algunos problemas con la conexión entre niveles, del cual no era el menor, el hecho de que Enoc no regresa del cielo en la historia tradicional. Él es el primero en disfrutar de este dudoso honor, luego seguido por Elías. En la Historia Copta de José El Carpintero, (Evangelios Apócrifos, ed. Edmundo González Blanco), los apóstoles le preguntan a Jesús, por qué no ha subido a su padre, José, directamente a los cielos, como ocurrió con Enoc y Elías, y éste les viene a contestar que es una mala solución y que al final todos debemos pasar por donde hay que hacerlo.
Una última anotación con respecto a los personajes, posiblemente la única importante. En este tipo tan específico de relato cada personaje cumple con una función determinada, como puede ser la de protector, defensor, intermediario, etc., así como representan diversos temas como el de Ella/Él, Guía, u otros. Si alguien quisiera utilizar este relato para un ejercicio, o quizás incluso como transferencia empírica, el personaje del Ángel de la Muerte, además de poder cambiarlo de sexo según las preferencias de cada quien, podría ser enteramente sustituido por otro más amable, ya que éste, al descubrir su auténtica identidad, puede producir una reacción de miedo que no permita continuar el trabajo. Sin embargo, superado este punto, también puede proporcionar una potencia que puede ser útil para alcanzar límites dentro del espacio de representación.