Apuntes de ética. La reacción contra Spinoza.

“…me decidí, finalmente, a investigar si existía algo que fuera un bien verdadero y capaz de comunicarse, y de tal naturaleza que, por sí solo, rechazados todos los demás, afectara al ánimo; más aún, si existiera algo que, hallado y poseído, me hiciera gozar eternamente de una alegría continua y suprema”.

Tratado de la Reforma del Entendimiento. Spinoza.

En 1656 la comunidad judía de Ámsterdam emite un hérem, una excomunión, contra Spinoza. Su virulencia es llamativa. El odio que refleja parece no corresponderse con las acciones o los escritos atribuibles a un Spinoza con veinticuatro años.

Decreto de excomunión de Baruch de Spinoza.
“Por la decisión de los ángeles, y el juicio de los santos, excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de Spinoza, con la aprobación del Santo Dios y de toda esta Santa comunidad, ante los Santos Libros de la Ley con sus 613 prescripciones, con la excomunión con que Josué excomulgó a Jericó, con la maldición con que Eliseo maldijo a sus hijos y con todas las execraciones escritas en la Ley. Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley. Pero ustedes, que son fieles al Señor vuestro Dios, vivid en paz. Ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral o escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o trascripto por él.”

Spinoza no se sorprendió por lo ocurrido. Y, aunque tuvo que irse a vivir a las afueras de Ámsterdam, no parece que todo el asunto le afectara demasiado. El estoicismo que le acompañó toda su vida, le ayudaba a abstraerse de sufrimientos innecesarios. Antes de la expulsión, los líderes de la sinagoga le ofrecieron una pensión vitalicia si regresaba a la ortodoxia. Era un joven de buena familia y enormemente brillante. Pero Spinoza se siente libre de cualquier adscripción religiosa, y toma abiertamente una postura que hoy puede parecer normal, pero que solo ocho años después de haber terminado la guerra de los ochenta años entre las provincias de los Países Bajos y el imperio español, de una marcada vertiente religiosa, era impensable. La pertenencia a una religión era parte de la identidad misma de las personas, parte de lo que las definía.

Spinoza nace en una familia judía portuguesa adinerada, de procedencia española. Su lengua materna fue el español, aunque aprendió portugués desde muy niño, y posteriormente el neerlandés. Pero deja todo atrás y se dedica a la profesión de pulir lentes, que le permite ganarse la vida y mantener su libertad de pensamiento.  Mucho después, en 1673, cuatro años antes de su muerte, vuelve a rechazar otra oportunidad por motivos similares. Sus publicaciones habían tenido un impacto enorme, pero fueron muy escasas, y sus escritos circulaban en copias manuscritas por sus seguidores. A pesar de esto, le ofrecen la cátedra de filosofía en la Universidad de Heidelberg, pero no puede aceptarla porque le exigen “no perturbar la religión públicamente establecida”.

Leibniz, un auténtico genio multidisciplinar, que se encuentra en el polo opuesto en cuanto a su posición con respecto a la ortodoxia religiosa, por sus ideas, pero también por su situación en la corte que tanto le ha costado lograr, irá a visitarle, a escondidas, negándolo a quien pregunte, porque es el único a quien considera capaz de aportarle algo en la comprensión del ser, la sustancia, o dios.

En 1679 sus escritos también entran en el índice de libros prohibidos católico, y tendrá que esperar hasta el siglo XIX a ser rescatado y encumbrado por Hegel, Nietzsche y otros, y pasar a ser considerado el primer filósofo moderno.

Quien no le haya leído, con lo dicho hasta aquí, puede entender que Spinoza ataca a dios o que propone ideas políticas revolucionarias. Nada más alejado de la intención del filósofo. Es cierto que en su Tratado teológico-político aboga por la democracia, y por un espacio sociopolítico de libertad y tolerancia, como requisito para el desarrollo de las personas, pero esto nunca se convirtió en motivo de persecución. Tampoco niega a dios. ¿Qué hay entonces en su idea de dios que provoca reacciones tan intensas?

No es este el lugar para explicar la Ética de Spinoza.[1] Si bien el libro no es extenso, su densidad es otro asunto. El nombre completo es “Ética demostrada según el orden geométrico”. La idea de que las matemáticas y la geometría son el lenguaje por el que es posible leer el universo, viene de antiguo. Aristóteles, uno de los referentes de Spinoza, trabajó la mayor parte de su vida en la Academia fundada por Platón, en cuya entrada advertía que quien no supiera geometría se abstuviera de acceder. Idea que compartía otro de sus referentes, Descartes, y algunas de las mentes más preparadas de la época como Galileo, Newton o el ya mencionado Leibniz. Y así está escrito, mediante escuetas definiciones, axiomas, y proposiciones. La escasa verbosidad es el resultado de atenerse con precisión al discurso lógico.

Para captar correctamente la idea de dios de Spinoza, seguramente sería necesario entrar en sus definiciones de conceptos como causa de sí, sustancia, modo o atributo, que expone en el mismo comienzo del libro, junto a la definición de dios:

«Definición VI. Por Dios entiendo un ser absolutamente infinito, esto es, una substancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita.”

Esta definición del primer apartado del libro, titulado “De dios”, o las siguientes proposiciones, del quinto y último apartado, “Del poder del entendimiento o de la libertad humana”, muestran un dios impersonal que lo abarca todo:

“Proposición XVII. Dios está libre de pasiones y no puede experimentar afecto alguno de alegría o tristeza.”

“Proposición XIX. Quien ama a Dios no puede esforzarse en que Dios lo ame a él.”

“Deus sive Natura”, Dios, o lo que es lo mismo, la Naturaleza, escribe. Por ello, frecuentemente, se le clasifica de panteísta. Pero más allá de las clasificaciones y las valoraciones, en los desarrollos lógicos y conclusiones de Spinoza, parece haber una visión que podemos reconocer en místicos de diferentes épocas y latitudes. Hay una sustancia única que lo es todo, no solo dios, nosotros también, al igual que el resto de lo existente. Todo lo que es, es esa sustancia. Y las personas la podemos percibir a través del pensamiento y de la extensión o sustancialidad física. El conocimiento de la unión de la mente con esa naturaleza es lo que proporciona libertad, y ésta la felicidad. Hay un bien supremo, que es alcanzar ese conocimiento y compartirlo con otros.

La expresión, de maneras tan diferentes a lo largo del tiempo, de ese destello de unión con el mundo, y la libertad resultante de la experiencia, sí nos indica un lugar común para el rechazo decidido y frontal de las ortodoxias religiosas, quizás porque ponga en evidencia su desconexión con aquello que, supuestamente, representan y les da el sentido.


[1] El libro es fácil de encontrar en internet. En la serie de seis vídeos de Darin McNabb hay una explicación de la ética de Spinoza, que facilita la comprensión de su lectura . El enlace al primero de los vídeos: https://youtu.be/Ict9b9IZtWk. También es útil en este sentido el apartado bajo su nombre del volumen 2 de la Historia de la Filosofía, de Frederick Copleston.

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