Prometeo

El relato

Urano y Gea procrean la primera generación de seres divinos, seis titanes y seis titánidas que gobernarán la “Edad de Oro”. Cronos derrocará a su padre, Urano, y tomará el poder, dando paso a la siguiente edad. Titanes y titánidas se unirán para traer a la luz una segunda generación, en donde hacen aparición, entre otros, las ninfas y las oceánidas, el sol, la luna, la aurora, y también Prometeo, hijo de Jápeto y la oceánida Clímene.

Rea dará a luz a un hijo de Cronos, Zeus, que junto al resto de sus hermanos luchará contra su padre y los otros titanes, y les vencerá, pasando Poseidón a ser señor del mar, Hades del mundo subterráneo, y Zeus del cielo, además de obtener la preminencia sobre el universo y la jefatura en el Olimpo.

Prometeo es un titán, pero no toma parte ni en esta guerra, ni en otras luchas que mantendrá su “primo” Zeus posteriormente contra los gigantes o Tifón. Esta actitud pacífica, extraña entre los suyos, añadida a la completa falta del temor reverencial que todos muestran por el olímpico, hizo que éste siempre le mirara con desconfianza. Sin embargo, cuando Atenea nació, saliendo de la cabeza de Zeus, Prometeo le asistió en el parto, estableciendo desde este momento una relación de complicidad con la diosa.

Zeus le encarga a él y a su hermano Epimeteo la creación de los humanos y el resto de animales. Los modelan con barro, pero en el caso de la raza humana, Prometeo decide hacerles con la misma forma de los dioses, y Atenea, con un soplo les da la vida. Epimeteo reparte las habilidades que permitirían la supervivencia de cada especie, “pero como Epimeteo no era del todo sabio, gastó, sin darse cuenta, todas las facultades en los brutos”, nos dice el Protágoras, de Platón.

En esta tesitura, Prometeo, que desde el mismo inicio siente preferencia por los humanos, toma de Atenea la sabiduría en forma de arte y técnica, para entregárselas a los hombres, y así, compensar su falta de capacidades físicas. También les enseña a realizar los sacrificios, que tanto gustan a los dioses, pero, en Sición, se produce una disputa sobre qué partes del buey sacrificial han de ir a los dioses y cuáles quedan como alimento para los hombres. Prometeo vuelve a salir en ayuda de los humanos, mediante un ardid. Con las entrañas del toro fabrica dos sacos. En uno mete la carne y las vísceras, y en el otro los huesos pero a estos los recubre con la apreciada grasa, y se los muestra a Zeus para que elija con cuál se queda. El dios supremo echa un vistazo y al ver la grasa se queda con el saco en el que, posteriormente, para su enfado, halla los huesos. Desde ese momento quedó establecido que en los sacrificios se quemaban los huesos y la grasa, que subirían como ofrenda al cielo en forma de humo, y el resto del animal quedaba para alimento de los hombres. Cuando Zeus se da cuenta del engaño, descarga su furia contra los humanos quitándoles el fuego, imprescindible para su progreso.

Prometeo consigue que Atenea le deje entrar subrepticiamente en el olimpo, y roba el fuego del carro de Helios, el Sol, encendiendo un tallo de cañaheja, y se lo entrega a la humanidad. La cañaheja tiene un tallo largo y hueco que la hace idónea para transportar el fuego, y hasta fechas recientes ha sido utilizada en Grecia para esta tarea.

Al ver las luces en los pueblos de los hombres, el dios del rayo es consciente de la treta, y vuelve a tramar una nueva venganza. Acusa a Atenea injustamente de haber invitado a Prometeo al Olimpo porque son amantes, y con la ayuda de Hefesto crea del barro a la primera mujer, Pandora, de atractivo irresistible, y le entrega una caja en donde se guardan todos los males que pueden sufrir los seres humanos. Prometeo, desconfía y la rechaza, pero su hermano Epimeteo, en parte por miedo de agraviar a Zeus, y en parte por su atractivo, se casa con ella, no siguiendo el consejo de su gemelo de no tomar ningún regalo de los dioses. Pandora acaba abriendo la caja y dejando que se propaguen todos los males, incluyendo el último y más doloroso, la esperanza sin motivo.

Zeus, ofendido por el rechazo de Prometeo, lo castiga atándolo con una cadena en el pico de un monte en el Cáucaso, donde todos los días, un águila le devora su hígado, el cual vuelve a crecer, quedando listo para la misma tortura al día siguiente. Tras un tiempo sufriendo el castigo, es salvado por Heracles que, buscando el jardín de las Hespérides, donde tiene que realizar el último de sus famosos trabajos, tropieza con ellos y mata al águila de un flechazo. Agradecido, Prometeo, no solo le explica cómo llegar al jardín, sino también como arrancar la manzana de oro del árbol sin morir.

Para Zeus es más importante el orgullo que le causa la hazaña de su amado hijo Heracles, que el castigo a su primo, y además, nuestro héroe le revela un antiquísimo oráculo, en el que le advierte de que si tiene un hijo con Testis, éste llegará a superarle y lo destronará, tal y como él mismo había hecho con Cronos.

Finalmente es liberado del castigo, pero debe llevar un anillo con un trozo de la roca a la que fue encadenado. Además, Zeus, en su sempiterna animadversión por los hombres, les envía el diluvio para acabar con ellos. Pero nuestro protagonista, por un lado, suplica por ellos ante los olímpicos, y por otro, encarga a Deucalión y Pirra la construcción de una barca para salvarse. Una vez que las aguas descienden, repueblan la tierra, lanzando piedras por detrás del hombro. Las que tira Deucalión se convierten en hombres, y las que lanza Pirra se transforman en mujeres. Deucalión y Pirra son primos hermanos, pues él es hijo de Prometeo y Pronea, una oceánida, igual que su madre, y ella es hija de Epimeteo y Pandora, por lo que la humanidad, finalmente, desciende de la estirpe de Prometeo.

Prometeo y el águila, Laconia, kylix s.VI antes era actual, Musée-du-Louvre

La construcción del mito.

La primera y principal fuente que tenemos del relato la proporciona Hesíodo, hacia el año 700 AEC, en la Teogonía y en los Trabajos y días. En estas obras, de entre todos los temas, se recogen concretamente los referidos a la treta del reparto del buey para los sacrificios, el castigo de Zeus de privar a la humanidad del fuego, su posterior robo por parte de Prometeo para entregárselo a los hombres, la consecuente sanción de Zeus hacia éstos mediante el envío de Pandora, y la condena destinada a su protector, encadenándole a una roca en la cima de una montaña en el confín de las tierras conocidas. Todo ello se da dentro de un contexto en el que Hesíodo nos explica las generaciones de los dioses, y las diferentes edades por las que ha ido transitando la especie humana, que en todos los casos, llega a un punto en el que no es viable su desarrollo, y ha de pasarse a una siguiente edad, para la cual, los dioses, con Zeus a la cabeza, han de modificar al hombre en algún aspecto.

En Hesíodo, Prometeo toma un cariz negativo, un dios astuto, que intentando favorecer a los hombres mediante el engaño, solo trae la desgracia para ellos. Sus artimañas, arrancan a los humanos de una edad dorada en la que no necesita trabajar para vivir, y en donde tampoco existe la mujer, que es creada a imagen de las diosas como castigo para el hombre, y con el único fin de procrear.

Hesíodo, recoge mitos muy antiguos, que responden a cuestiones de la importancia de cuál es el origen de la humanidad, cómo el hombre logró el control del fuego, cómo han de llevarse a cabo las ofrendas a los dioses, cuál es la función del matrimonio, y por qué el trabajo y el esfuerzo son necesarios para sobrevivir. Presenta a un ser humano débil, que solo mediante el cumplimiento de las leyes otorgadas por Zeus puede sobrevivir. Cuando los hombres o los dioses no respetan suficientemente a Zeus, o a los otros dioses olímpicos, solo atraen su propia desgracia. La mujer en la antigua Grecia no tenía un papel social importante, pero Hesíodo es particularmente misógino, representándola como un ser estúpido, sin ninguna finalidad más allá de la reproductora, un castigo sólo soportable si se da dentro del matrimonio, y ella es suficientemente sumisa.

También encontramos un tópico extendido, el de los gemelos que representan los dos lados de la moneda. Prometeo significa “el que piensa antes”, el hermano inteligente que reflexiona antes de actuar, y Epimeteo, “el que piensa después”, el que primero actúa sin recapacitar.

Prometeo, como personaje central en el mito del fuego, parece tener un remoto origen indoeuropeo, ya que se halla una etimología común al nombre “Prometeo”, en la palabra en sánscrito “Pramatha”, de pra-math, “para mover violentamente”, que es el palo usado por los brahmanes antiguos para encender el fuego. Al frotarlo contra la pieza de la base, el Arani o “bajo el palo”, mediante la fricción, produce la llama. A estas dos piezas, en las antiguas obras hindúes se les da un significado sexual y místico. Sobre el Arani se pinta la esvástica y cuando el Pramatha gira representa a la parte activa de la voluntad humana que trae el fuego y anima la vida, y cuando se para, simboliza su contrapartida pasiva y reflexiva.

En cuanto al papel del Titán como creador del hombre no lo hallamos en Hesíodo, pero ya debería de ser parte de la tradición popular, porque poco después podemos encontrarle modelando con barro a hombres y animales en un fragmento atribuido a la poetisa Safo (630 – 580 AEC), y en varios del fabulista Esopo (600 – 564 AEC). Tampoco encontramos todavía nada relativo al diluvio, y no descubriremos una narración clara hasta el siglo primero en plumas romanas, pero, a pesar de esto, debía formar parte del relato comúnmente aceptado en la Grecia clásica, porque encontramos en el Timeo de Platón esta frase: “…y pasó a contar la leyenda sobre Deucalión y Pirra después del Diluvio…”, y esta otra en la Metafísica de Aristóteles: “…los descendientes de Pirra mujer de Deucalión, el Noé griego.”

La siguiente gran obra que nos llega es el drama Prometeo encadenado, de Esquilo, (523 – 456 AEC). Fue seguramente la segunda obra de una trilogía que incluía como primera y tercera Prometeo portador del fuego, y Prometeo liberado, respectivamente, pero de la cuales solo nos ha llegado un pequeño fragmento de la última. En 1820, Percy Bysshe Shelley tomará el título de Esquilo y escribirá su Prometeo Liberado, en forma de drama lírico. Son muchísimos los artistas inspirados en la leyenda, pero este caso es especialmente llamativo, porque dos años antes, su esposa, Mary Shelley, presentaba la famosa obra Frankenstein o el moderno Prometeo. Si bien Esquilo no añade ningún tema fundamental a los ya señalados, su enfoque del personaje es totalmente opuesto. Prometeo es el héroe que actúa con rectitud, aun cuando esto le lleve a desafiar a los dioses. Es plenamente consciente de las dolorosas consecuencias de sus actos, pero también de su necesidad y justicia, y en no rendir su dignidad ante seres más poderosos, reside parte de su grandeza. Este personaje se ajusta al gusto del pensamiento de la Grecia clásica que está haciendo su aparición.

Pero antes de llegar a los filósofos, aún nos queda un poeta, Píndaro (518 – 438 AEC), quien en sus Odas Nemeas sostiene que Prometeo asistió al parto en el nacimiento de Atenea, extraída de la cabeza de Zeus. Este dato tiene interés, porque da inicio a una relación con Atenea, que ya no cesará, y la diosa, aportará, con su aliento, la vida a la creación en barro del Titán. Cuando el mito pasa a los filósofos pitagóricos, se suele reseñar como Okellos de Lukania, en su obra Sobre el cosmos, utilizará el personaje para argumentar la idea pitagórica de la intemporalidad de la raza humana.

Pero, quizás, es aún más notable la participación de la diosa por otros motivos que pueden no ser tan evidentes. Si atendemos al concepto explicado por Empédocles y otros pensadores pitagóricos, de que todo en el cosmos se forma a partir de unos elementos primordiales, podemos darnos cuenta de que, al unir las partes que hasta aquí tenemos del mito, el hombre, tras conseguir su cuerpo de la tierra y el agua, y el hálito vital, la psique, del aire, que sopla Atenea, por último, toma el intelecto, el nous, la parte que los griegos consideran más elevada del espíritu, del fuego que Prometeo obtiene del sol, con ayuda de la diosa. Tenemos así aunadas varias ideas con un largo recorrido mitológico, la creación a partir de los cuatro elementos primordiales, las distintas  facetas en que se constituye el ser humano, y la necesaria conjunción para este logro generador del dios y la diosa.

Según el autor romano Censorius, además del mismo Pitágoras y Okellos, otro pitagórico, Arquitas de Tarento, (430 – 360 AEC) también hizo uso de esta narración, y como sabemos, mantuvo una importante amistad con Platón (427 – 347 AEC), que toma al personaje en su Protágoras, (320 – 321 AEC), que será otro de los hitos fundamentales en la creación del mito. Platón pone en boca del sofista Protágoras (481 – 411 AEC), una hermosa argumentación de por qué todos los ciudadanos tienen la capacidad y el derecho de tomar parte en las decisiones de la polis. Aquí no encontraremos el tema referido a las ofrendas, tampoco hay lucha entre los dos primos divinos, la mujer no es un castigo, ni Zeus utiliza ningún otro tipo de sanción por la posesión del fuego. Se centra en el error que comete Epimeteo en el reparto de las habilidades, el ser humano ha quedado desprotegido y sin recursos para sobrevivir, lo que soluciona su benefactor, Prometeo, que les proporciona el fuego, y con él los oficios y las artes. Sin embargo, los hombres, si se agrupan para ser más fuertes y avanzar en sociedad, no tardan en hacer el mal a sus semejantes, por lo que Zeus, al colocar en su interior la Justicia y el Respeto, les provee del regalo más importante, y con él, de la capacidad de ser ciudadanos de pleno derecho.

En la Academia de Platón, se le seguirá honrando durante mucho tiempo, y se le dedicará un altar. Desde allí partirá una de las tres Lampadedromías, carreras con antorchas, en la cuales habrá de alcanzarse la meta con la tea encendida en recuerdo de aquel primer fuego. Una formaba parte de una fiesta en honor de Prometeo, la Prometeas, y las otras eran las dedicadas a Hefesto, la Hefestias, y la Panateneas, en honor de Atenea. De estas antiquísimas fiestas que practicaban las tribus en Grecia surge la carrera con el fuego de las olimpiadas modernas.

Los dos últimos hitos a destacar ya no añadirán nada nuevo, pero tuvieron la virtud de acabar de compilar una versión que, definitivamente, será utilizada por todo tipo de artistas desde los tiempos de Roma hasta hoy. Son la recopilación de la mitología griega que realizó el Pseudo-Apolodoro (s. I-II EC) en su Biblioteca mitológica, referencia para tantos especialistas, y la Metamorfosis del poeta romano Ovidio, terminada en el año 8 de esta era, que se instituyó como la guía sobre la mitología del mundo clásico durante el imperio romano, la edad media, y aun en la época moderna.

Pandora y la caja.

Hay un beta de oro que atraviesa diferentes estratos de tiempo en este mito. En ella se aprecia el brillo de varios temas primordiales que, para poder tomar forma, han de aliarse con la resolución de un héroe que no lucha pero nunca se rinde. La única arma que esgrime es su inteligencia. No muestra otro poder más allá de su determinación. Siendo él mismo un Titán, acepta la llegada del tiempo de los dioses que les sustituyen, y al llegar el tiempo de los hombres, tomará partido por ellos, porque él, el que piensa primero, es símbolo de una experiencia ancestral, comprometerse con el futuro es situarse en un trabajoso y permanente intento.

Prometeo y Atenea creando al Hombre, escultura romana. Museo del Prado.

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