Mira su reflejo en la superficie del agua y lo que ve es el universo, en el mismo instante en el que el universo se ve a sí mismo encarnado en un ser humano. Esta es la idea fundamental de los conceptos de microcosmos y macrocosmos que parece remontarse a los orígenes del pensamiento humano. En la Uruk donde se componía el Mito de Gilgamesh ya vemos cómo se correlacionan los asuntos terrenales a sus equivalentes cósmicos. Los planos de la ciudad dibujan constelaciones, y la arquitectura del templo, la composición de la corte y los ritos reales quieren ser la proyección del orden celestial.
La persistencia de este pensamiento a lo largo del tiempo quizás resida en que abre una puerta para abordar el conocimiento sobre nosotros mismos y el universo. También es posible que se deba a que tras ella esté la rememoración, más o menos consciente, de una experiencia profunda, una inusual pero reconocible, la de una breve y completa comunión con todo lo existente.
En la cultura occidental encontramos la expresión “microcosmos” por primera vez en Demócrito, coetáneo de Sócrates, conocido por el atomismo y su pensamiento científico, pero del que solo sabemos por referencias que trató otros muchos asuntos. Quizás su educación a cargo de magos y eruditos caldeos le familiarizara con el término, o fueran sus incontables viajes por el mundo conocido de su época, pero no lo sabemos.
En otros filósofos esta noción también está presente, aunque no se nombre como tal, en su búsqueda de leyes que se aplican tanto en sus cosmogonías como en sus ontologías.
Platón plantea la Idea como una energía, una forma pura que se materializa, lo que une indisolublemente al ser pensante y al mundo. En la contrapartida de esta visión, la del macrocosmos, busca leyes universales, aprehensibles a través de las matemáticas y la geometría. Códigos en los que con frecuencia resuenan los ecos pitagóricos de las escalas y del sonido de las esferas, a los que intentará darles una aplicación humana y social.
Aristóteles, como en tantas otras ocasiones, será el primero en utilizar el término como concepto filosófico y probar una definición. Si conociéndonos comprendemos el cosmos, conociendo lo más elevado de nosotros mismos alcanzaremos el conocimiento de lo más elevado de la creación, la Idea del Bien.
En su psicología, divide el alma humana en siete partes. En orden ascendente serán el cuerpo, encargado de la vida vegetativa; el alma sensitiva, cuya función será la percepción y la memoria; el alma apetitiva, responsable de los deseos; la locomotora; la razón pasiva, tabla rasa donde se materializan las ideas provenientes del siguiente nivel; la razón activa o “energeia”, de donde provienen las Ideas; y por último el “nous”, el Bien o primer motor.
Las cinco primeras partes son mortales, pero las dos más elevadas no solo preexisten y sobreviven al cuerpo, sino que son la vía que tenemos para entrar en contacto con las Ideas primero, y después, con el primer motor, él mismo inamovible, pura actividad y energía, y creador del universo.
El concepto sigue tomando forma y lo volvemos a encontrar en Alejandría al comenzar la era actual.
En “De Opificio Mundi”, escrito por Filón de Alejandría, filósofo platónico, (año 20 A.E.C. – año 50 era común), de origen judío, y anterior al neoplatonismo, podemos leer:
“Porque el ser humano que es formado como un objeto perceptible para los sentidos tiene cualidades, consta de alma y cuerpo, es hombre o mujer, y es por naturaleza mortal. El ser humano, a imagen de Dios, es una especie de idea, o género, o modelo, es percibido por el intelecto, es incorpóreo, no es varón ni hembra, y es por naturaleza inmortal.”
“Cada ser humano, en lo que respecta a su mente, es semejante al Logos divino y ha llegado al ser como una copia o un fragmento o un reflejo de la naturaleza bendita, pero en la estructura de su cuerpo se asemeja a todo el cosmos, pues es un compuesto formado a partir de las mismas cosas: tierra, agua, aire y fuego,”
Pero aún más claro es el caso de Plotino (205-270), fundador del neoplatonismo, que aúna el pensamiento clásico y el hermetismo alejandrino. Transforma las siete partes del alma de Aristóteles en estados de la materia y la naturaleza con su correlación en el interior humano, y el primer motor en un dios más acorde con las corrientes de la época.
Los conceptos de microcosmos y macrocosmos también los podemos trazar en la tradición judía. En el libro de Job, anterior a la era actual entre 500 y 250 años, leemos “desde mi propia carne veré a Dios”. En la mística judía anterior a la cábala, hay tres obras fundamentales. Dos pertenecen a la literatura Hekalot: “Libro de los secretos de Henoc” (2 Henoc o Henoc eslavo), la “Medida de la Estatura Divina” (Siur Qomah). La tercera es el “Libro de la Formación” (Sepher Yetzirah).
En el primero, volvemos a encontrar los códigos comentados, en la historia de cómo dos ángeles guían el ascenso del patriarca a través de diez cielos:
“Y le concedí siete naturalezas: el oído a su cuerpo, la vista a sus ojos, el olfato a su percepción, el tacto a sus venas, el gusto a su sangre, los huesos para su sostén, dulzura para el pensamiento. Una cosa sutil me propuse hacer: a partir de la naturaleza, invisible y visible, hice al hombre. Ambas forman parte de su muerte y de su vida, y su forma, y la palabra era como algo pequeño dentro de algo grande, y algo grande dentro de algo pequeño. Y le puse en el mundo, como un segundo ángel, de un modo honorable, grandioso y glorioso. Y le convertí en gobernante para dominar sobre la tierra de todas Mis criaturas. Y le di un nombre tomado de las cuatro sustancias: el Este, el Oeste, el Norte y el Sur. Y le asigné cuatro estrellas especiales, y le puse por nombre Adán.”
De la segunda obra, aunque el texto conocido procede de Palestina, siglo II, la composición se estima que provienes de Babilonia (Pumbedita i Sura). En él se mezclan tradiciones judías con el gnosticismo y la doctrina platónica de las formas. El “hombre primigenio” (Adam qadmon), es aún una forma pura, y se crea a imagen de Dios, y es anterior al hombre sensible y concreto. Detalla correspondencias de todo tipo entre el mundo divino y humano, tiempos, tamaños, etc.
“El Libro de la formación” es una obra mística, redactada a lo largo de siglos, del II al VIII, pero atribuida a una tradición procedente directamente del patriarca Abraham. Los comentarios al Sepher Yetzirah hacen surgir la corriente mística de la cábala, posiblemente en la Provenza de finales del siglo XII. El primer comentario conocido es el de Isaac el Ciego (1165 – 1235).
Sin embargo, encontramos por primera vez el término hebreo para microcosmos “’olam qathan”, en la literatura rabínica, en el Midrás Tanḥuma, (siglos V y IX):
“para enseñarte que el Tabernáculo está en proporción al mundo entero, y a la estructura del hombre, que es un microcosmos”
En la cultura musulmana encontramos “Las Epístolas de los Hermanos de la Pureza y los Amigos de la Lealtad” (Rasā’il ikwān al-shaf’ wa-killān al-wafā’), escritas en Basora, sur de Iraq, desde mediados del s. IX por intelectuales de la secta chií de la Ismā’īliyya. Son centrales en la transmisión de las ideas que nos ocupan, y requirieron una concepción abierta del ser humano y de la cultura. Por ejemplo, en la Epístola 22 se habla del hombre ideal, recogiendo las virtudes de diversos pueblos y religiones:
“persa en la educación, árabe en la fe, hanafí en la jurisprudencia, iraquí en la cultura, hebreo en la tradición, cristiano en el comportamiento, sirio en la piedad, griego en el conocimiento, hindú en la contemplación, sufí en la interioridad y en el estilo de vida.”
Aquí se aúnan muy diversas corrientes de pensamiento islámico incluyendo el sufismo; también la filosofía griega de Pitágoras a Aristóteles, pero especialmente el neoplatonismo; las tradiciones herméticas, con la magia y la astrología; y las religiones islámica, cristiana, judía, persa, e hindú.
En varias de estas cartas encontramos referencias al microcosmos con distintos enfoques.
“De ahí que los conspicuos sabios antiguos, que no formaban parte de la gente de nuestra lengua, llamasen al hombre “microcosmos”, porque en él se hallan todas las potencias que existen en el todo: el crecimiento, la animalidad y la racionalidad. “
Al-Kindī (801-873), “Epístola sobre la prosternación del cuerpo extremo”
“Si alcanzas este rango, te convertirás en un mundo en ti mismo, y merecerás ser llamado “microcosmos.” Pues entonces las formas de todos los existentes estarán presentes en ti, y habrás llegado a ser, en cierto sentido, idéntico a ellas… “
Al-‘Āmirī, en su obra “Tahdhīb al-akhlāq”
“La Epístola del hombre como microcosmos”, está centrada en el tema y comienza así:
“Queremos explicar en la presente epístola el significado de la sentencia de los sabios según la cual el hombre es un microcosmos, y decimos lo siguiente: Has de saber que los antiguos sabios, al observar este mundo material con sus ojos y al contemplar con sus sentidos la apariencia de sus asuntos, reflexionaron en su intelecto sobre la condición de esos asuntos, y examinaron en su especulación la conducta de la totalidad de los individuos, y consideraron en su contemplación sus diferentes partes, pero no hallaron ninguna parte de todo el mundo material que fuera más perfecta en su estructura, ni más completa en su forma, ni más bella en su aspecto que el hombre, porque el hombre es un compuesto del cuerpo material y el alma espiritual. En la estructura de su cuerpo se encuentran semejanzas con todo lo que existe en el mundo material: con los prodigios de la composición de sus esferas, las divisiones de sus constelaciones, los movimientos de sus planetas, el orden de sus elementos fundamentales y matrices, los cuatro elementos, las diferentes sustancias minerales, los distintos tipos de vegetales, y la maravillosa estructura de sus animales.”
Más adelante:
“El Creador, alabado y exaltado sea, quería que el alma humana pudiera dominar las ciencias y ser testigo del mundo en su totalidad, y como Él sabía también que el mundo es muy amplio y grande, y que no está en la capacidad del hombre recorrer el mundo hasta haberlo visto todo entero, pues su vida es corta, pero la del mundo es larga, decidió en su sabiduría crear para el alma humana un pequeño mundo que fuera como un resumen del grande. Así, Dios puso en este pequeño mundo el conjunto de todo lo que hay en el grande, lo presentó ante el hombre, como si fuera una parábola, y le hizo testigo de sí mismo. (…)”
“La estructura del cuerpo humano es semejante a la estructura de las esferas, e igual que el mundo de las esferas consta de nueve niveles bien estructurados, uno dentro de otro, como hemos explicado en la Epístola sobre el ocaso de las estrellas, también se hallan en el cuerpo humano nueve sustancias, una dentro de otra, o abarcando a otra, como ocurre en el caso de las esferas. Estas sustancias son los huesos, el tuétano, la carne, las venas, la sangre, los tendones, la piel, el pelo y las uñas.”
Este párrafo no devuelve directamente a la filosofía clásica:
“Igual que en la esfera existen siete planetas o estrellas móviles, a través de las cuales se llevan a cabo los decretos de la esfera y de los existentes, así se encuentran en el cuerpo siete facultades, en las cuales se basa el bienestar del cuerpo, que son las facultades de atracción, retención, maduración, repulsión, nutrición, formación y crecimiento. Los planetas tienen alma y cuerpo, obran efectos materiales sobre los cuerpos, y efectos espirituales sobre el alma. Hemos enumerado las siete facultades materiales del cuerpo, pero hay también siete facultades espirituales, que son los cinco sentidos: vista, oído, gusto, olfato, tacto, y las facultades del discurso y el intelecto. A estas cinco facultades perceptivas corresponden los cinco planetas, a la facultad discursiva corresponde la Luna, y a la intelectual, el Sol.”
Los astrónomos del medievo en el mundo árabe usan el modelo geocéntrico alejandrino de Ptolomeo. Consideran que el ciclo completo del desplazamiento del eje terrestre, por todo el zodiaco, o “año platónico” dura 36.000 años.
También encontraremos la idea atomista y alquímica de que todo está compuesto a partir de los cuatro elementos:
“Has de saber que lo que existe bajo la esfera de la luna está compuesto de cuatro elementos, que son los elementos matrices de todas las cosas generadas, es decir, los animales, los vegetales y los minerales.”
Igualmente, en las Epístolas, se buscan correspondencias con geografía, meteorología, astronomía, astrología, política, o con los sentidos externos e internos fusionando el esquema aristotélico y el estoico.
Las epístolas formarán parte de la recuperación en occidente, a través de los pueblos islámicos, de lo que en un tiempo fue su cultura, más tarde denostada por el cristianismo. En este caso hizo la reentrada por Al-Andalus.
En la primera mitad del siglo XI los almorávides, principalmente bereberes del norte de África, invaden la península. Son guerreros fanáticos, reformadores del islam, que piensan que las taifas andalusís se han corrompido con un islam laxo en sus leyes. Se hacen con las taifas de Granada y Málaga. Sólo cien años después, un movimiento almohade que se considerará auténticamente islámico les derrotará acusándoles exactamente del mismo pecado, haber relajado su práctica.
Las taifas árabes o andalusíes son las de Sevilla, Córdoba, Toledo, Badajoz, y Zaragoza. Aún hay un tercer grupo de taifas, las eslavas en el Levante: Tortosa, Valencia, Játiva, y Murcia.
Por el norte, los reinos cristianos se alían indistintamente con quien convenga según el momento. La taifa de Toledo paga tributo a Alfonso VI, y esto hace que suban los impuestos, por lo que los nobles, le piden ayuda a este rey, y se da la curiosidad de que en 1085 se hace con Toledo, arguyendo como motivo perdonar el impuesto que, precisamente, le están pagando a él.
Ante esta presión muchos de los que podríamos llamar los intelectuales de la época, tanto islámicos como judíos, se desplazan desde Toledo, principalmente a Zaragoza, donde siguió la tradición andalusí de ciencia, filosofía y aperturismo de ideas, que de mediados del siglo XI a mediados del siglo XII, produce una auténtica edad de oro cultural. Si bien, es un entorno islámico, donde los cristianos y judíos también escriben en árabe.
En estos cien años, van a proliferar las obras que tratan del microcosmos, inspiradas en las Epístolas. Algunos ejemplos son: Bahya ibn Paquda (1040?-1110?), “Los deberes de los corazones”, Zaragoza; Ibn al-Sīd de Badajoz (1052-1127), que también fue a Zaragoza, con su libro “Los cercos espirituales”; Abraham bar Hiyya (1136), en el condado cristiano de Barcelona, limítrofe con Zaragoza, y a Abraham ibn Ezra (1110-1164), de Tudela.
También hay participación sufí. El sufismo, parece que llega a la península Ibérica con Muhammad ibn Masarra (883-931), e inicia una línea que lo combina la filosofía neoplatónica y la interpretación esotérica del Corán:
“Hay en ello una indicación del hecho de que el microcosmos es una parte del macrocosmos. Comprende esto y medita sobre ello, pues es un aspecto del conocimiento más sutil, cuya huella se había perdido al haberse interrumpido su transmisión”.
Las Epístolas llegan a al-Andalus mediante la conocida como Epístola-Compendio, que es un resumen. La versión más larga, se atribuye a Maslama “el Madrileño” (1007), quien también parece que fue autor de la obra mágica “Rutbat al-îakīm” y la alquímica “Ghāyat al-îakīm”, conocida en el mundo latino como “Picatrix”.
Shelomó ibn Gabirol merece una mención aparte por la profundidad de su pensamiento. Nace en Málaga, hacia 1022, y va a Zaragoza de joven. Tiene dos obras principales, “La fuente de la vida” y “La corrección de los caracteres”. En ambas está presente la teoría del microcosmos.
“Dios, honrado y ensalzado sea, creó la totalidad del microcosmos basándose en los cuatro elementos: puso en el hombre la sangre, correspondiendo al aire, la (bilis) amarilla, al fuego, la (bilis) negra, correspondiendo a la tierra y la flema, correspondiendo al agua.”
Gabirol dibuja “mapas” de las funciones del ser humano, que recuerdan demasiado a representaciones alegóricas del Hombre, y se le acusa de mostrarle de forma iconográfica, lo que está prohibido.
Entonces dice:
“La ciencia de Dios consideran como cosa de magos y adivinos.”
Presenta el “hilemorfismo universal”, con dos elementos básicos, cuerpo (materia) y alma (forma). Los cinco tratados de que consta “La fuente de la vida”, tratan de la materia y forma universales, y en las substancias externas e internas, y simples y compuestas.
La diferencia fundamental de Gabirol con otros pensadores que realizan correlaciones entre el micro y el macrocosmos, más o menos ingeniosas, creemos que es la experiencia mística de conexión con todo:
“Si quieres imaginarte estas sustancias (simples) y la manera en que tu esencia se expande y las contiene, es preciso que eleves tu pensamiento hacia el último (ser) inteligible, y que lo purifiques y lo purgues de la suciedad de las cosas sensibles, y que lo liberes de las ataduras de la naturaleza, y que llegues por medio de la fuerza de tu inteligencia al límite extremo de aquello que te sea posible alcanzar de la realidad de la sustancia inteligible, hasta que te desprendas, por así decir, de la sustancia sensible, y sea como si ya no la conocieras. Entonces tu ser contendrá todo el mundo corporal, y tú lo pondrás en uno de los rincones de tu alma (…) y las sustancias espirituales se hallarán ante ti, ante tus ojos, y las verás a tu alrededor, y sobre ti, y te parecerá que ellas constituyen tu propia esencia. A veces creerás que tú perteneces a ellas tan sólo en parte, porque estás ligado a la sustancia corporal; a veces creerás que eres enteramente uno con ellas, y que no hay diferencia entre tú y ellas, porque tu esencia estará unida a la suya (…) Y si asciendes los diferentes grados de sustancias inteligibles, te parecerá que los cuerpos sensibles son, en comparación, extremadamente pequeños e insignificantes, y verás el mundo sensible, todo entero, nadando en ellas, como si fuera un barquito en el mar, o un pájaro en el cielo. Y si asciendes hasta la materia universal y te abrigas a su sombra, verás las cosas más maravillosas. Pero es preciso que hagas los mayores esfuerzos para llegar allí, pues es el fin al que está destinada el alma humana, y allí se dan el mayor gozo y la mayor felicidad.”
“Maestro: Cuando quieras imaginar la fábrica del todo, esto es, el cuerpo universal y las sustancias espirituales que lo contienen, considera la condición del hombre, porque de ahí sacarás ejemplo, esto es, que el cuerpo del hombre está frente al cuerpo universal, y las sustancias espirituales que lo mueven frente a las sustancias universales que mueven el cuerpo universal, y que lo inferior de estas sustancias obedece a lo más elevado, por donde el movimiento llega hasta la sustancia de la inteligencia, y entonces encontrarás a la inteligencia disponiéndolas y dominándolas, y a todas las sustancias, que mueven el cuerpo del hombre, siguiéndola y obedeciéndola, y a ella percibiéndolas y juzgándolas.”
“Maestro: Bien has entendido, por lo que te he dicho, que las sustancias inferiores sirven a las superiores; pero entiende además que éste es el camino para llegar a la felicidad perfecta y conseguir el verdadero contento, que es nuestro conato.”
Enero 2018, en Madrid, Toledo, Córdoba y Málaga.
