Uno
Ch’ien, lo creativo. Primer hexagrama del I Ching.
Un ya longevo Parménides y su discípulo Zenón llegan a la festividad de Atenas en honor de su patrona, situación que quieren aprovechar para conocer al joven Sócrates. A través de los hermanos de Platón dan con él, que está acompañado por un aún más joven Aristóteles. En un ambiente de respeto mutuo entablan un complicado ejercicio de dialéctica. Al fin y al cabo, entre ellos se reconocen como especialistas. El tema utilizado para el ejercicio es el Uno. La Idea inmutable donde subyacen las múltiples expresiones que esa Forma adoptará en la realidad.
Este es el argumento del diálogo que conocemos bajo el nombre de “Parménides”, escrito en la madurez del filósofo. En él resalta el pitagorismo, tan presente en su juventud, y de nuevo muy activo. Según Aristóteles, cuando Platón exponía su teoría central, la de las Ideas o Formas, explicaba que son números, y que las cosas existen por su participación en los números. De esta manera lo natural está imbuido de un principio de orden, del cual el Uno es un elemento fundamental, como también lo es la geometría de los corpúsculos que componen la materia, o las progresiones existentes detrás del movimiento.
Siglos después, el neoplatónico Plotino otorgará al Uno un carácter más transcendente. En sus Enéadas leeremos cómo de su ser emana el alma, las ideas y todo lo existente, y encontraremos cómo la contemplación del Uno permite experimentar el ascenso espiritual. No mucho después, Agustín de Hipona toma su obra y reformula el Uno como principio absoluto y dios cristiano.
Para todos aquellos que compartimos este linaje cultural, esta “aritmetización” de una Idea o de Dios en lo Uno, desde donde emana lo múltiple, es perfectamente comprensible.
La identificación metafísica de un número con un concepto es habitual y, con frecuencia, con coincidencias entre culturas distantes.
Tres
«Aquel que es el Señor Supremo se divide en tres formas: bajo el nombre de Brahmā crea el universo; bajo el nombre de Visnú lo protege; y bajo el nombre de Shiva lo destruye al final del tiempo. Sin embargo, los tres son uno solo.»
Padma Purana.
El punto sería el elemento de inicio, el Uno que diferencia la existencia del vacío, pero en el triángulo encontramos la estructura básica de todas las demás construcciones, tanto geométricas como del pensamiento.
Ya en la literatura mesopotámica (sumeria, acadia y babilónica), se hace referencia a la Tríada Cósmica. En el Poema de Atrahasis (El Mito del Diluvio), leemos:
«Los dioses se estrecharon la mano, echaron suertes y repartieron. Anu subió al cielo, Enlil tomó la tierra para sus súbditos, el cerrojo, la trampa del mar, se le dio a Ea, el sabio.»
Esta triada se repetirá insistentemente en diferentes religiones, hasta llegar a la era actual, donde en los Oráculos Caldeos se presentará una metafísica estructurada en el Padre, o Primer Intelecto, principio inmutable y fuego inteligible; el Demiurgo, o Segundo Intelecto, creador del cosmos y gobernador de la materia; y Hécate, o Principio Liminal, alma universal, frontera entre lo divino y lo material. Iremos encontrando cómo estos principios se van transmitiendo con distintas formulaciones en el neoplatonismo, el hermetismo, el gnosticismo y, finalmente, en la incipiente filosofía cristiana.
Los hebreos que en algunos aspectos son herederos del pensamiento mesopotámico, en el Séfer Yetzirá o Libro de la Formación, desplegarán una sólida sabiduría que establecerá las bases de la cábala, y quedará para la posteridad graficada en el Árbol de la Vida. Si bien diez son las Sefirot, se organizan en tres pilares: derecha (misericordia), izquierda (justicia) y central (Equilibrio o Voluntad), y todas se relacionan en tres ámbitos, mayor, medio e inferior, representados por las tres letras madres (Shin, Mem, y Alef).
Desde los tres sueños premonitorios que Gilgamesh relata a su madre anunciando la aparición de Enkidu, pasando por la geometría platónica en la que muestra cómo todo sólido puede descomponerse en triángulos, este número también ha hecho referencia a la forma subyacente del pensamiento humano bajo la estructura triangular: negación, afirmación y síntesis. Aristóteles plantea el silogismo lógico como una construcción tríadica, Kant lo utiliza exhaustivamente en su estudio de los conceptos fundamentales, Hegel le imprime dinámica en su planteamiento de tesis, antítesis y síntesis, y Zeising, quien popularizó la idea de la proporción aurea, desde un enfoque psicológico, señala que es la forma fundamental del pensamiento.
Siete
“Siete planetas en el Universo: Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio y Luna. Siete días en el año: los siete días de la semana. Siete puertas en el Alma, masculina y femenina: dos ojos, dos orejas, dos fosas nasales y una boca.”
Séfer Yetzirá
Gurdjieff en su método de desarrollo personal, “El cuarto camino”, plantea una ley universal que explica los procesos, a la cual llama indistintamente “Ley del siete” o “Ley de octavas”. Esta ley se basa en la discontinuidad de la energía, y su desconocimiento lleva al fracaso a muchos de los esfuerzos humanos. El modelo explicativo perfecto lo proporciona la escala diatónica musical. Para ir de una escala a la siguiente es necesario alcanzar el doble de vibración, pero los intervalos entre notas no son uniformes.
En el primer Do, se parte de un desafío de partida que requiere generar la energía propia de los comienzos. En Re y Mi se avanza por la inercia de este impulso inicial. Pero entre Mi y Fa se da la primera crisis, el impulso inicial se agota, y si no se aplica conscientemente un refuerzo energético, un semitono, el proceso comienza a decaer. Este impulso será suficiente para transitar por Fa, Sol y La, pero entre Si y Do volverá a haber una nueva crisis, al volverse a agotar, así que para completar la escala necesitamos el segundo semitono, y así frenar la caída y no entrar en un proceso circular.
Gurdjieff dará forma gráfica a esta ley en su famoso eneagrama. Por otra parte, Z’ev ben Shimón Halevi, destacado cabalista seguidor de la tradición toledana, ya en el siglo XX, aplicará la ley del siete a otro gráfico conocido, el Árbol de la vida, y a la creación en siete días de la tradición bíblica. Su “Gran Octava” también hará uso del Uno y del Tres para explicar el proceso de emanación desde el Unidad Absoluta a la realidad. Finalmente, aplicando al árbol conceptos psicológicos y arquetipos “jungianos”, lo convirtió en un mapa para el crecimiento personal, que seguramente no hubiera desagradado al propio Gurdjieff.
Podemos viajar en el tiempo para encontrar la huella indeleble del número en el pensamiento humano. Visitar el culto de Mitra, donde los iniciados cruzaban siete puertas en forma ascendente, que representaban los siete cuerpos celestes visibles, o al de Isis, donde se descubrían de siete velos o disfraces animales. O a la primera ciudad-estado mesopotámica, Uruk, donde en los fastos se presentaban al pueblo siete figuras, el rey en representación del Sol, la reina, de la Luna, y otros cinco mandatarios, para el resto de astros visibles, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Y así, cada día de la semana fue asignado a uno de los siete cuerpos celestes, regido por un dios en el cielo.
Números
“Tres es más mágico de todos porque nuestro cuerpo lo ignora, no tenemos nada que sean tres cosas […] Del cinco ni que hablar, son los dedos de la mano, y con dos manos tienes ese otro número sagrado que es el diez …”.
“El péndulo de Foucault”, Umberto Eco.
Y el dos, el cuatro, el doce… Por qué elegir unos y no otros.
Tenemos tan asociados los números a la comprensión de las leyes del universo, que incluso olvidamos que son una construcción humana y no tienen realidad por sí mismos. Pero quizás, por eso mismo, los números, al igual que el lenguaje, nos den acceso a las capas más profundas del funcionamiento de nuestra inteligencia creadora.

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