Oannes, constructor de espacios

Hasta hoy solo conocíamos la obra del historiador Beroso el caldeo, a través de Lucius Cornelius Alexander, sobrenombrado Polyhistor, con motivo de su fecundidad como historiador, ya que alcanzó la cifra de cuarenta y dos libros, en los que recorrió los acontecimientos primordiales del pasado de los países conocidos, sin dejar de agregar su geografía. En el primero de los tres tomos dedicados a los caldeos, intitulados Babiloniaka, no solo referencia a Beroso, sino que además traduce extensas citas del griego koiné original al latín, de quien fue sacerdote principal en el templo dedicado a Marduk, en Esagila, cargo que le franqueó el acceso a los archivos, donde, según nos informa, se guardaban documentos de más de quince mil años de antigüedad.

Así es como pudimos saber que, en el primer año de la historia de Babilonia, procedente del mar de Eritrea, arribó a sus costas, junto a la desembocadura del Éufrates, Oannes, un ser del tamaño de un adulto fornido, con cuerpo de pez del que sobresalían dos piernas a los lados de la cola y dos brazos a los costados, además de una cabeza humana justo por debajo de la de pescado. Se comunicaba mediante una voz y lenguaje semejantes a los de cualquier otra persona, lo que fue de gran utilidad, ya que enseñó a los del lugar a levantar templos y, alrededor de estos, ciudades y leyes, y una vez que toda esta organización estuvo en marcha, les mostró las ciencias y las artes. Cuando les instruía en el uso de las letras fue que les descubrió a los humanos que en el más remoto pasado, en el tiempo de la reina Omoroca, que los griegos llamaron Talasa, era común la existencia de seres mitad persona mitad pez, así como de otras combinaciones con diferentes animales. Esta, parece, fue la norma en el tiempo anterior al reinado de los diez reyes caldeos que precedieron al diluvio.

Pero hoy, por fin, sabemos más, gracias a la fortuna, y a unos escribas descuidados que enviaron tablillas reutilizadas a la corte de Amarna. Estas tabletas de arcilla recogen por un lado los mensajes diplomáticos y comerciales, y por el otro, textos que no se molestaron en borrar antes de enviar las tabletas a la cocción. Estos últimos son los que tienen mayor valor para nosotros, dado que traen hasta el presente el relato directo de Talasa recogido por Beroso.

Para sorpresa de todos los que nos habíamos familiarizado con el aspecto de hombre-pez de Oannes mediante las abundantes representaciones atesoradas en el templo de Belus en Babilonia, la antigua reina lo describe como, tan solo, un hombre común. Su relación con el medio acuático vendría dada por una capacidad particular que afloró en su juventud, durante el diseño de los edificios que originaron las primeras ciudades. Para determinar la forma que adoptarían aquellos espacios, aún nunca concebidos sobre la tierra, y vislumbrar como sería habitarlos y darles uso, imaginaba recorrer sus habitaciones y salones. Pero pronto comprobó que esto no era suficiente para tener una percepción veraz de cómo era ocupar aquellas áreas y volúmenes, y pasó a convertirlos en su imaginación en recipientes que eran rellenados por él mismo, a su vez transformado en agua, lo que le facultaba a alcanzar a un mismo tiempo los suelos, techos, paredes, pasillos y recovecos de la construcción.

Si bien, tras una breve ejercitación, Oannes era competente con edificaciones sencillas, parece que su conciencia no alcanzaba la amplitud necesaria para los grandes templos y palacios, ni para los espacios más complejos, y Talasa se arroga el haberle otorgado la inspiración y la profundidad de miras necesarias para las grandes torres zigurats de siete plantas, las murallas que rodeaban la ciudad albergando soldados, caballerizas y carros, y los templos capaces de acoger en días señalados la población al completo de la ciudad. Más aún, relata con cierta brillantez que fue tras un intercambio amoroso con Oannes que este, durante un instante de éxtasis, eliminó todo contenedor de su mente, permitiendo que su alma líquida se esparciera por toda la ciudad, llenándola de canales que irrigaban los campos de cultivo, fuentes que prestaban la humedad necesaria a jardines ubicados en cada recodo, y pozos que prodigaban el agua en los hogares.

Si bien nuestro cometido es atenernos a los datos historiográficos, no podemos menos que preguntarnos ahora por otras imágenes mostradas en bajorrelieves, contiguas frecuentemente a las del hombre-pez, como son las de los hombres y mujeres pájaro. Es claro que el aire tiene un comportamiento como fluido similar al de los líquidos, e incluso puede aportar algunas ventajas como medio de desplazamiento. Seguro que a nadie se le escapa que las mismas sirenas, de una antigüedad aún sin establecer, comenzaron siendo representadas como seres voladores, y solo más tarde fueron sumergidas en las profundidades marítimas. En cualquier caso, habremos de esperar con la esperanza puesta en los descubrimientos que puedan aportar los diversos proyectos de excavación en que nos hallamos implicados.

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