Justo al comienzo de la era actual, en Petra, ciudad que fue el centro de su civilización, los nabateos construyeron el Templo de los Leones Alados. A diferencia de las famosas construcciones excavadas en las grandes rocas dispersas por el paisaje desértico, este fue un edificio cuadrado, construido en piedra, en lo que los arqueólogos denominan el “Barrio Sagrado”.
Su nombre le fue dado por los doce capiteles con leones alados que antaño adornaban las columnas que delimitaban el templo. Estos seres míticos mantenían el mal fuera del santuario interior. No eran los únicos símbolos destinados a crear un recinto protegido. Allí también se encontró la “estela de ojos”, que proporcionaba a los que entraban la seguridad de que se hallarían bajo la mirada guardiana de la diosa Hayyan.
A los símbolos que cumplen esta función, los estudiosos los denominan apotropaicos, palabra griega que designa a los objetos que ahuyentan el mal. Han estado siempre alrededor de los lugares de culto. Quizás porque cuando las personas han necesitado establecer una comunicación especialmente íntima con cualquiera de los entes que han sido el objetivo aparente de esta conexión, han requerido de un espacio reservado que les facilitara una campana mental donde poder abandonarse sin reservas a una labor de tal índole.
Las condiciones de partida con las que se realizan estos trabajos son ineludibles, y alcanzar una predisposición adecuada compromete significativamente lograr el objetivo. Los procedimientos serán variados, pero ese estado apropiado va a marcar la diferencia entre entrar en el proceso de forma más mecánica o hacerlo de manera más sentida y consciente. En ocasiones se añadirán ritos o ceremonias que facilitarán la desconexión del mundo exterior y la entrada en ese estado. También ocurre que aquellos que registran los hechos de forma externalizada, tomarán los actos rituales por el proceso mismo.
Es posible que, en algún momento, aquel que quiere conectar con lo numinoso incluso intente sobreponerse a sus propias condiciones y conseguir un olvido total de quién es en el mundo, entregándose totalmente a ese instante. En este punto contar con un espacio protegido de lo que el mundo es y significa supondrá un gran apoyo.
Esta vigilancia la han realizado ojos que todo lo ven en el Mediterráneo y Oriente Medio, las gárgolas en las iglesias medievales, los nudos mágicos en Egipto y Mesopotamia, campanas y espejos en Asia, o la Hamsa, esa mano que, según la tradición de referencia, será de Miriam o de Fátima. Y por supuesto los leones alados que pueden desplegar su poder a través del cielo y la tierra para permitirnos leer las letras nunca trazadas de un libro cuya trama aún se vive.